La evaluación formativa, anteriormente llamada “evaluación educacional”, inició como una medición de rendimiento académico, mismo que no brindaba más información que resultados concretos. No fue hasta que, después de una reconceptualización de Scriven (1967, mencionado por Ruiz-Ruiz, 1995), se dio el término de “evaluación formativa” donde no se esperaba sólo la certificación del alumno, sino apoyarlo durante el proceso de aprendizaje, así como clarificar en el docente el seguimiento necesario para lograr los propósitos estipulados. Esta evaluación es más frecuente en comparación con la sumativa porque se realiza de forma permanente.
Casanova (1998) conceptualiza a la evaluación formativa como un proceso sistemático el cual trata de rescatar información continua y significativa “para conocer la situación, formar juicios de valor con respecto a ella y tomar las decisiones adecuadas para proseguir la actividad educativa mejorando progresivamente” (p. 5). Es necesaria una constante realimentación y personalización para ofrecer a los estudiantes oportunidades de autorregulación y reflexión sobre su propio proceso de aprendizaje.
La época actual, se encuentra plena de tecnologías, mismas que tomaron mayor relevancia después de la pandemia del Covid-19. Lo que hace el llamado a una innovación en la educación y, en este caso, en la evaluación formativa, cambio que debe de generar aspectos positivos tanto para el docente como para los estudiantes. La tecnología está en constante evolución y ofrece variedad de herramientas que potencializan las habilidades y el aprendizaje.
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